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EL CLAN TEODORO-PALACIOS

SEGUNDA PARTE

jueves, 9 de junio de 2016

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 128



























CAPÍTULO 128

CENIZAS


B
las preguntó por Mikaela y fue Paula quien le informó que había salido al patio.
De inmediato, Blas pidió al señor Amadeo Ortiz que pulsara el timbre para que los alumnos fuesen entrando al hall.
            ¡Gracias a Dios! exclamó el señor Eduardo Cardo ¡Por fin vamos a ensayar!
Aquel jueves solo habían acudido al instituto los estudiantes de primero y segundo grado. Los muchachos estaban alborotados, sabían que ese día no darían clase y al día siguiente tampoco. La algazara de los chiquillos era evidente, se sentían importantes ya que eran ellos los elegidos por Don Arturo Corona y Don Jaime Palacios.
Blas se impacientó al no ver entrar a Helena entre los muchachos.
            ¿Queréis hacer el favor de callar todos? gritó a los niños. Los alumnos guardaron silencio un tanto cohibidos.— ¿Dónde está Mikaela? —volvió a preguntar.
            Se habrá quedado en el patio —coligió Paula.
            No está en el patio —contradijo Natalia. Se ha ido a su casa, le dolía mucho la garganta.
   “Sí, una terrible faringitis que la dejará sin voz mañana”, pensó Blas.
            ¡Esto es increíble! —profirió Soraya Ayer se fue por un simple dolor de cabeza, hoy por la garganta. A esa chica no le dura un trabajo ni una semana.

El profesor de música, Hipólito Sastre, no era un hombre valeroso pero sí era un hombre de una gran sensibilidad, y esta propensión natural en él le empujó a salir en defensa de Mikaela.
            Tal vez se ha ido porque usted y el señor Teodoro se han burlado de su vestido manifestó dirigiéndose a la profesora de inglés.
            ¿Qué os habéis burlado de Mikaela? se alteró Natalia ¡Eres un bruto, Blas! ¡Y tú, una pasmada engreída, Soraya!
El rostro de la profesora de inglés adquirió las dimensiones de un gigantesco túnel al abrir sus ojos y boca desmesuradamente, tal fue su sorpresa y agravio.
            ¡Nat, discúlpate enseguida! — le ordenó Blas, muy nervioso.
            ¡No me da la gana! chilló la chiquilla, furiosa ¡Mikaela estaba triste y ya sé por qué! ¡Por vuestras burlas, cara de toro y cara de vaca!
Nicolás soltó una sonora carcajada, y algunos alumnos, los más atrevidos, no tardaron ni un segundo en corearlo.
El padrastro de Bibiana, Amadeo Ortiz, también se rió, divertido.
El señor Eduardo Cardo no daba abasto con un pañuelo para secar sus humedecidas manos y su empapada cara. Llevaba muchos años en el instituto y jamás había presenciado una escena parecida.
            ¡Silencio absoluto! exigió Blas, enfurecido ¡Al primero que oiga lo cuelgo de un árbol! Paula, dígale a Mikaela que mañana la quiero ver en mi despacho a las doce, en cuanto se marchen Don Arturo Corona y Don Jaime Palacios añadió en un tono más moderado dirigiéndose a la señora Morales.
            ¡Mañana tenemos cosas que hacer a esa hora! exclamó Nicolás con vehemencia Tenemos que ir a
            Habrá tiempo para todo, Nico. Con Mikaela voy a ser muy breve le interrumpió el señor Teodoro intuyendo que el muchacho iba a nombrar a Helena.
            Me parece muy acertado que por fin despidas a esa maestrilla en prácticas se congratuló Soraya, satisfecha.
Las palabras de la profesora de inglés encolerizaron a Nicolás.
            ¿Piensas despedirla? interrogó ¡Ni se te ocurra! ¡Si despides a Mikaela vas a ver como suspendo todos mis exámenes con ceros!
            ¡Y yo también los suspenderé! se sumó Natalia a la rebelión.
            ¡Nico y Nat id a mi despacho YA! bramó Blas, fuera de sí.
            ¡Soldados! exclamó el señor Eduardo Cardo, descompuesto ¡Están entrando soldados!
Acto seguido, mordió su pañuelo, muy atemorizado.
Temor infundado ya que el cometido de los militares no era otro que la vigilancia, en la puerta principal, de cualquier entrada sospechosa.
                                                                                         ∎∎∎
La casa que Helena había alquilado en Aránzazu estaba muy cerca del instituto y, aunque no caminó deprisa puesto que sabía lo que iba a hacer en cuanto llegara, no tardó en estar delante de la puerta. Introdujo la llave en la cerradura procurando que diera las cuatro vueltas pertinentes silenciosamente.
Matilde siempre volvía a acostarse cuando ella se iba por la mañana, y no quería que la oyera.
Una vez dentro, cerró la puerta con suavidad y dejó la llave sobre la piedra de mármol de un mueble del recibidor.
Despacio, pero directa, fue a la cocina; de un cajón cogió un mechero que Matilde, muy precavida, guardaba por si el encendido electrónico de los fogones fallaba.
Sigilosamente se dirigió a su habitación. La cama aún estaba deshecha y los primeros rayos del sol mañanero ya se colaban por las rendijas de la persiana.
Se descalzó, se quitó las medias y entró en el cuarto de baño. Cuando dejó de ser Mikaela se miró en el espejo y vio que sus ojos querían llorar. Se lavó la cara y liberó su melena.
Ya solo quedaba desprenderse de su vestido y dejó que este cayera al suelo.
A continuación se arrodilló y se sentó sobre sus talones. Acercó el mechero al vestido y la llama encendida comenzó a devorarlo, a consumirlo, hasta dejarlo reducido a un puñado de cenizas.
Después de recoger las cenizas con sus manos para dejarlas caer de nuevo al suelo, salió del baño vestida únicamente con ropa interior del mismo tono añil que el vestido que había quemado.
Se acostó de lado en la cama, abrazada a un cojín. Lágrimas silentes resbalaron por su tez blanca. Había quemado su vestido azul, su tesoro azul.
                                                                                    ∎∎∎
Nicolás y Natalia entraron en el despacho de Blas, mientras los demás alumnos y profesores se dirigieron al salón de actos.
Los niños esperaban una fuerte reprensión, y ambos se sorprendieron de lo primero que dijo el señor Teodoro.
            Nat, ¿estás segura de que Mikaela estaba triste o te lo ha parecido?
Natalia tardó en contestar, no porque no supiera qué contestar, sino por la sorpresa de la inesperada pregunta.
            Sí, estoy segura acabó respondiendo.
            ¿Y cómo estás tan segura? insistió Blas, sorprendiendo todavía más a los muchachos.
            Yo le he dicho que la veía triste, cuando le he dicho eso es porque he notado que estaba triste, ¿no te parece?
            ¿Y qué te ha contestado ella?
            Que le dolía la garganta, pero estoy segura de que mentía.
Sí, Blas también estaba seguro de que mentía. Decir que le dolía la garganta solo era la excusa que necesitaba para el día siguiente no poder hablar. Una faringitis aguda y terrible la habría dejado sin voz.
            De acuerdo dijo Blas. No era mi intención burlarme de su vestido. El vestido era precioso y le sentaba muy bien, pero ese vestido me recordó a otro vestido que le regalé a Helena hace unos años.
            ¿Y qué culpa tiene Mikaela de eso? inquirió Natalia.
            Ninguna respondió Blas, amordazando su deseo de gritar que tenía toda la culpa del mundo. Por eso mismo mañana me disculparé con ella aquí, en este despacho, a las doce.
Ahora os podéis ir al salón de actos, enseguida voy yo. Pero antes quiero que sepáis que si mañana se os ocurre protagonizar un espectáculo como el de antes en el hall, o parecido, no creo que Don Arturo Corona permita que yo siga dirigiendo este instituto. No creo que entendiera semejante falta de respeto.
Mañana no mandaré yo aquí, mandará él, no olvidéis eso.
Id con vuestros compañeros, enseguida voy yo.

Los niños salieron del despacho, y Blas se sentó en una silla, abatido, con la mirada perdida.
No soportaba la idea de que Helena estuviera triste ni siquiera un minuto, mucho menos por su causa.
Pero seguía sin entender a qué jugaba, qué hubiese pasado si él llega a manifestar que reconocía el vestido. ¿Qué habría hecho o dicho ella?
A su mente afloraron dulces recuerdos, los mismos recuerdos que tuvo Helena la noche anterior.
Y de repente, imaginó que ya era viernes, que ya eran las doce… Vio a Helena allí, en su despacho, y supo lo que le diría.
Le diría… “Hola, Helena, soy Blas TeAdoro, me debes un beso desde hace muchos años, y también unas explicaciones. Pero primero me cobraré el beso, un beso de amor demasiado moroso ya.
Y soñando despierto, una sonrisa maravillosa iluminó el semblante del director de Llave de Honor.
                                                                                           ∎∎∎
La música de su teléfono móvil despertó a Matilde Jiménez. Al principio no entendía lo que le decía Paula Morales; a medida que hablaba con ella se fue levantando, entendiendo y despejando.
En cuanto terminó la conversación se hallaba completamente despierta.
Salió rápida de su cuarto y al no oír ningún ruido en la casa, abrió la puerta de la habitación de Helena.
Helena continuaba acostada de lado, abrazada al cojín. No dormía y oyó entrar a su amiga. Se dio la vuelta sin soltar el cojín.
            ¿Ya te has despertado, bella durmiente? preguntó, intentando aparentar normalidad.
Matilde no contestó, y encendió la luz artificial para ver con claridad. La persiana de la ventana continuaba bajada y la luz solar que pasaba, a través de las rendijas, era insuficiente.
            ¿Qué te ha pasado en la cara? se sobresaltó cuando vio manchas grises en los pómulos de Helena ¿Y a qué huele aquí?
            He quemado el vestido de Blas en el cuarto de baño declaró Helena. Mañana, después de comer, nos vamos a Markalo. No quería que ese vestido volviera con nosotras.
            ¡Ese vestido no debería haber venido a Aránzazu! exclamó Matilde, fijándose en los ojos enrojecidos de Helena. Sin duda, debía haber llorado. Vio la ceniza en el suelo del baño y dedujo que, con las manos polvorientas, había secado sus lágrimas.
Salió del baño con unas toallitas húmedas; se sentó en la cama y limpió, con suavidad, el rostro de Helena.
            ¿Me vas a contar qué ha pasado en el instituto?
            No ha pasado nada respondió Helena. He tenido que decir que me dolía la garganta, y me he venido a casa. ¿No recuerdas que mañana he de fingir que me he  quedado sin voz?
            Mañana no deberías ir al instituto, insensata dijo Matilde con ímpetu. Llama a tu padre, dile que eres Mikaela Melero. Te quitará de la lista de profesores de inmediato.
            No hay ninguna razón para que mañana no vaya al instituto repuso Helena. Quiero ver en persona a Arturo Corona, y oír lo que dice.
Matilde exhaló un hondo suspiro.
            Paula me ha llamado y me ha dicho que Blas quiere verte mañana, a las doce, en su despacho. No le ha gustado que ayer te fueras por un dolor de cabeza, y hoy, por un dolor de garganta. Piensa despedirte.
            Pues piensa despedirme el mismo día que yo pienso irme ironizó Helena como si muy poco le importara. ¿Te ha dicho algo más Paula?
Matilde asintió.
            Sí, me ha dicho que llevabas un vestido azul con flores blancas, un vestido de ensueño. En nombre de la sensatez, Helena, ¿cómo se te ha ocurrido ponerte el vestido?
            Tranquilízate, no lo ha reconocido respondió Helena, incorporándose hasta quedar sentada en la cama.
Matilde meneó la cabeza, nada convencida.
            Helena, ese vestido era un diseño exclusivo. No hay otro igual. Lo compró él, no puedo creer que no lo haya reconocido.
            ¡Te digo que no lo ha reconocido! aseguró Helena, impaciente Han pasado muchos años, lo ha olvidado. Y yo lo he quemado. Se acabó el vestido.

El timbre de la puerta de la calle sonó, insistente, y Helena, que deseaba terminar con aquella engorrosa conversación, se sintió aliviada.
            Deben ser Miguel y Montse dijo Matilde levantándose. Pasarán el día con nosotras y dormirán aquí. Mañana no podrían salir de su casa y te tienen que preparar.
            Muy bien, pues ve a abrirles.
            Antes quiero que me prometas una cosa.
            ¿Qué cosa?
            Que mañana no irás al despacho de Blas, que te irás del instituto en cuanto tu padre y Arturo Corona se marchen.
            Está bien, te lo prometo accedió Helena. Ese memo de feria se va a quedar con las ganas de despedirme. Anda, ve a abrir o quemarán el timbre.
Matilde se marchó, y Helena pareció estar esperando ese momento para alcanzar el libro que tenía sobre la mesilla. Levantó la tapa y leyó unas frases escritas, con bolígrafo, en su primera página.
                                         Para llenar mi vida de sonrisas, y también de dolor,
                                      para mostrarme toda su grandeza, para eso, te hizo Dios.
                                                              Blas
Aquel libro se lo compró Blas; Helena todavía no sabía si la dedicatoria se la había inventado él o eran versos copiados de algún poeta.
   ¿Qué más daba? Solo eran palabras que probablemente también había olvidado.
Arrancó la página y la rompió en varios pedazos. Seguidamente, buscó con avidez la fotografía de Blas entre las hojas. También quiso romperla pero olvidaba que la tarde de ayer, Matilde y ella, la habían plastificado. El escudo de plástico duro presentó resistencia y protegió la foto de Blas, salvándola de su condena a muerte. 
Helena volvió a guardarla pensando que ya la rompería en otro momento.

Miguel y Montse contaron a Matilde que las calles de Aránzazu eran un hervidero de gente que iba y venía, con carros repletos de comida, como si no fuese a existir un mañana. Hombres y mujeres debían estar gastando el sueldo de un mes en llenar sus neveras y despensas.

Cayó la oscuridad en Aránzazu, las tiendas cerraron sus puertas, los vecinos se encerraron en sus casas. Perros y gatos callejeros se pusieron de acuerdo para no salir a pasear aquella noche. Era una noche demasiado silenciosa, de un silencio hiriente, de un silencio que era miedo e incertidumbre.
Solamente, soldados armados, caminaban por una ciudad desierta y muda.

Blas daba vueltas en la cama preguntándose por qué las horas pasaban tan despacio.
Helena daba vueltas en la cama pensando que se acercaban sus últimas horas en Aránzazu.
Nicolás daba vueltas en la cama dándose cuenta de lo mucho que deseaba conocer a su madre, verla.
Iba a ser una noche larga.

Un muchacho de catorce años ahogaba su llanto y dolor hundiendo su cara en la almohada mientras su madre, llorando amargamente sin saber como consolarlo, le vendaba uno de sus pies completamente escaldado.

Y Amor y Destino ya ocupaban dos butacas del salón de actos del instituto Llave de Honor. Allí pasarían la noche, sentados muy separados, esperando la mañana del viernes.

Págs. 1016-1026 

Hoy os dejo una canción de La Oreja de Van Gogh... "Dulce locura"



                              


Queridos lectores de El Clan Teodoro-Palacios... Hoy tengo que deciros dos cosas
Una no es muy buena, la otra es más buena
Voy a empezar por la que no es muy buena, que tampoco es que sea mala
Sé que dije que, como solo publico un capítulo al mes, no dejaría de publicar durante los meses de verano... pues lo cierto es que me va a resultar imposible publicar en julio y agosto... y lo siento de verdad
Sé que esto puede parecer... donde dije "digo", luego digo "diego"
Muy bien, pues aunque lo parezca, no es así... Lo que sucede es que mis padres tienen ilusión de que pase el verano con ellos... y, aunque no creo que este vaya a ser mi mejor verano, sí creo posible que algún día lo recuerde como uno de mis mejores veranos
También pienso que es mejor arrepentirte de algo que has hecho, que de algo que no has hecho
La segunda cosa que quería deciros es que solo quedan dos capítulos de esta segunda parte... y considero que eso es una buena noticia
El próximo capítulo es el penúltimo y se titula... "Un beso de amor"... Lo publicaré un jueves de septiembre... es que todavía no tengo claro qué jueves será... pero será lo antes que pueda
Estaré por aquí hasta el 30 de junio... Feliz verano

Mela   
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This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License. Creative Commons License
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